Josemari Alemán Amundarain
   
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Mi interés por la fotografía se despertó cuando descubrí la ampliadora, las cubetas, los reveladores y esas herramientas que te permiten manipular una imagen. La imagen en sí misma, su precisión, su enfoque perfecto y esas cosas técnicas, me interesaron después, pero no era para mí lo más importante, como tampoco me ha interesado demasiado la técnica académica del óleo, o la acuarela. Tampoco me ha importado demasiado tener un equipamiento de última generación. Siempre he tenido cámaras de foto sencillas, hasta que mi padre, que se aficionó con la fotografía, me regaló una Nikon F50, cuando tenía 50 años, que sí me gustó. Pero cuando él murió, le cayeron tres Minoltas, que nunca usé. Porque eran muy complicadas y porque aparecieron las primeras compactas digitales, que no necesitaban negativos.
Por el año 1969, mi entonces novia le pedía a su tío Adolfo una pequeña cámara con unos negativos enormes, con los que nos hacíamos selfys. Después ya de casados nos compramos una cámara de juguete, un equipo de revelado de negativos y una ampliadora horizontal, que nos costó lo que cuestan unos zapatos de rebajas. Era un juguete muy divertido y nos emocionaba ver cómo se creaban imágenes en un papel fotográfico, manipulando la luz y aquellos líquidos milagrosos. Fotos de contactos directos sobre el papel, cosas de la familia que iba creciendo… Luego nos interesó el Súper 8, y nos olvidamos de la fotografía, pero era muy caro y no ofrecía demasiadas posibilidades. Y el asunto del montaje resultaba demasiado complicado.
Fue cuando nos fuimos a El Salvador, cuando me interesó retratar a aquella gente tan distinta, aquellos paisajes y aquella vegetación tan exuberante, cuando en uno de los viajes, me compré una en el duty free de Panamá, nuestra primera cámara un poco decente. Era una Yashica Electro 35, que tenía una técnica muy sencilla y un automático bastante eficaz. Fue en 1978 y la usé muchísimo para recordar momentos familiares inolvidables, con los amigos, con aquel país tan interesante y los trabajos en los que intervenía. Y cuando nos fuimos a Ecuador, pues la seguí usando. Y de vuelta a San Sebastián, pues lo mismo. La usé mucho cuando trabajé de escenógrafo en Euskal Telebista y cuando me metí en algunos proyectos en los que tenía que realizar ilustraciones con acuarela o acrílico, sobre escenas o paisajes diversos. Cuando necesitaba algo especial le pedía a mi padre una de sus cámaras con objetivos potentes.
Y así hasta que me cayó la Nikon F50, que era una buena cámara y que ofrecía otras posibilidades.
Pero dos o tres años más tarde, por el 2000, aparecieron las digitales compactas. Por esa época estaba colaborando con Basta Ya y me ocupaba de la web. Se compró una cámara que yo utilizaba para hacer los reportajes de los actos que se organizaba,
Pero para mis cosas particulares seguía con la Nikon, hasta que hacia el 2008, me compré una digital compacta Sanyo, que a los pocos años me dio problemas con la batería y, en el 2013 compré una Samsung, pero daba algún error. La mandé a arreglar y no le hicieron nada. Al año siguiente compré una Panasonic DMC SZ3, que estaba muy bien. Con una buena óptica y buen zoom. Hice algunos videos y algunas fotos de buena calidad, pero un día se le cayó a mi nieta y se le estropeó el objetivo. Me dijeron que el arreglo era más costoso que una nueva. Me compré para regalo de reyes de ese año 2015, otra Panasonic (DMC TZ60) similar, pero de un modelo más actual, con el objetivo más potente. Y con esa sigo de momento. Pero en este momento estoy usando más la cámara del móvil Samgung, que es más cómoda para llevarla en el bolsillo, y excepto el zoom, tiene muy buenos objetivos y me viene muy bien para las fotos que hago en los paseos.

   

 

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